No es que no valore tus ojos, al contrario. Les tengo un profundo respeto, como se lo tengo a las estrellas y a jugar con leer el destino. Algo en ellos me empujan al precipicio de tu pupila con brazos de acero como un agujero negro al que ni siquiera la luz puede resistirse.
Ha dejado de llover y los charcos ya están en calma como pedazos de espejos derramados en el suelo. No me importa mojarme los pies, no me da miedo resfriarme, pero prefiero no molestarlos. El reflejo tan nítido del cielo esconde a la vista el fondo de los charcos, si es que acaso lo tienen. Parecen puertas a otra dimensión, a otro tiempo, a otro lugar. Sitios de los que no se puede regresar.
Es lo más cercano con lo que puedo explicar el poder de tus ojos. A veces creo que si los miro demasiado me caeré por la madriguera del conejo blanco y nunca encontraré el camino de vuelta. Los ojos suelen ser una puerta de salida, una expresión del alma que está dentro. Los tuyos son de entrada.
Y como los charcos, son azules o grises dependiendo del color del cielo, y si el sol está fuera, también son de un amarillo invernal suficiente para hacerte entrar en calor. Aunque a mí me gusta más pensar que es whisky. Como si fueran dos copas de whisky on the rocks a vista de pájaro.
Y seguramente al pisarlos se rompa la tranquilidad de la superficie y te encuentres con el suelo a pocos centímetros. Pero, ¿Y si esta vez cayeras?
lunes, 17 de noviembre de 2014
sábado, 8 de noviembre de 2014
Infinita.
No somos nada. Polvo y sueños rotos en mil pedazos cuya luz parpadea de dolor dentro de nuestras costillas, como estrellas a las que rezamos y pedimos deseos cada noche cuando todo se queda en silencio. Somos ruido en una habitación abarrotada, sonidos indefinidos que luchan por hacerse oír más que el de al lado, siempre en vano. Somos insignificantes y todo lo que hagamos con nuestra vida de arremolinará con las hojas secas de algún otoño.
Y sin embargo, cuando estoy a cielo abierto cantando con una amiga una canción que las dos conocemos, y el viento me humedece los ojos y me alborota el pelo, me siento la criatura más poderosa del mundo, capaz de todo, inmensa e incansable. Y sin embargo, cuando estoy en tu habitación con la luz apagada y acuno tu cabeza en mi pecho, los límites del universo se estrechan y se acomodan a nuestras figuras, y en ese instante tú y yo somos el mundo y no hay nada más allá.
Cuando era pequeña todo me parecía más grande de lo que me parece ahora. No es malo ser pequeño e insignificante. El mundo se hace más grande y te ofrece más posibilidades. Eres libre.
Y sin embargo, cuando estoy a cielo abierto cantando con una amiga una canción que las dos conocemos, y el viento me humedece los ojos y me alborota el pelo, me siento la criatura más poderosa del mundo, capaz de todo, inmensa e incansable. Y sin embargo, cuando estoy en tu habitación con la luz apagada y acuno tu cabeza en mi pecho, los límites del universo se estrechan y se acomodan a nuestras figuras, y en ese instante tú y yo somos el mundo y no hay nada más allá.
Cuando era pequeña todo me parecía más grande de lo que me parece ahora. No es malo ser pequeño e insignificante. El mundo se hace más grande y te ofrece más posibilidades. Eres libre.
jueves, 6 de noviembre de 2014
Más grandes que los oídos.
No importa el idioma, esas palabras existen en todas las lenguas y no hay forma de oírlas sin agrietarte por dentro. Cuando las escuchas casi parecen de un lenguaje que no conoces. Aunque sepas el significado de cada palabra por separado, el sentido completo de la oración te parece como de otro mundo y no comienzas a comprenderlo hasta que se comporta con tu alma como la mano de mortero que es. Con su machacar insistente, potente, continuo e inevitable, al final acaba entrando.
El significado destroza todo lo que encontró en su camino y te deja roto en mil pedazos. Y puedes, con el tiempo, hilvanar los descosidos e intentar encajar las piezas de ti mismo desperdigadas por el suelo, pero esas palabras siempre se van a quedar dentro. Y no dejarán de doler ni volverás a ser quien eras antes. Esas palabras son capaces de alterar la esencia que te hace ser tú y no cualquier otra persona.
Significan, en definitiva, que el faro que te iluminaba el camino a casa se ha derrumbado desde los cimientos. Que lo que antes llamabas hogar, no volverá a serlo, que por dentro no tienes techo donde cobijarte de la lluvia y el viento. Y puedes, con el tiempo, fabricar un refugio y volver a llamarlo hogar, por nunca volverá a ser aquel que conociste y en el que creciste. Significan que a partir de ahora, cuando te rompas un ala, que te la romperás, nadie te llevará a salvo bajo su camisa.
Ni siquiera sé que decir.
No son unas palabras exactas. Incluso se puede decir sin ni una sola, con una mirada. En todas sus variantes, lo que en realidad te llega es que el regazo donde has derramado todas tus lágrimas desde que naciste, ya no está.
El significado destroza todo lo que encontró en su camino y te deja roto en mil pedazos. Y puedes, con el tiempo, hilvanar los descosidos e intentar encajar las piezas de ti mismo desperdigadas por el suelo, pero esas palabras siempre se van a quedar dentro. Y no dejarán de doler ni volverás a ser quien eras antes. Esas palabras son capaces de alterar la esencia que te hace ser tú y no cualquier otra persona.
Significan, en definitiva, que el faro que te iluminaba el camino a casa se ha derrumbado desde los cimientos. Que lo que antes llamabas hogar, no volverá a serlo, que por dentro no tienes techo donde cobijarte de la lluvia y el viento. Y puedes, con el tiempo, fabricar un refugio y volver a llamarlo hogar, por nunca volverá a ser aquel que conociste y en el que creciste. Significan que a partir de ahora, cuando te rompas un ala, que te la romperás, nadie te llevará a salvo bajo su camisa.
Ni siquiera sé que decir.
No son unas palabras exactas. Incluso se puede decir sin ni una sola, con una mirada. En todas sus variantes, lo que en realidad te llega es que el regazo donde has derramado todas tus lágrimas desde que naciste, ya no está.
domingo, 19 de octubre de 2014
Viernes, sábado y domingo.
Mis reflejos no son superiores a la media, de modo que el día que cazo una mariposa se lo achaco a la edad de la misma. Si he podido atraparte, siempre dejando espacio entre mis palmas, creando una pequeña cueva con mis manos, y con cuidado de no dañar en nada tu frágil estructura, no es porque yo sea ágil y rápida, sino porque estás en tu tercer día. Y algo se me rompe por dentro, muy pequeñito, haciendo el ruido de una bellota cayendo a la mullida tierra entre las raíces del arbol del que procede, cuando me doy cuenta de que estás moribunda.
Pero no tiene por qué ser triste, creo, vivir tres días.
Tres días pueden valer más que cien. Más que mil. Más que infinito. La vida sería muy aburrida si supiera que dispongo de infinitos días para hacer las cosas que quiero hacer. Seguro que al final, acabaría no haciendo nada, y me pasaría esos tres, esos cien, esos mil días mirando al vacío.
No, en tres días tú has tenido tiempo suficiente para saciar todos mis sentidos y hacerme pensar que no hay nada más grande en los oscuros rincones de la vida que pueda seguir buscando. Que sólo tres perlas hacen de un hilo, un collar.
Pero no somos mariposas, no puedo cerrar el nudo aún. Aún así, tres días te han bastado para hacerme saber que todas las cuentas que pueda ensartar en este hilo, no serán perlas si no eres tú el que me las da. Y cuando muera y sea llevada ante las Puertas de San Pedro, y midan en una balanza dorada lo bueno y lo malo de mi vida, mis tres perlas pesarán más que cien, que mil, que infinitas piedras.
Pero no tiene por qué ser triste, creo, vivir tres días.
Tres días pueden valer más que cien. Más que mil. Más que infinito. La vida sería muy aburrida si supiera que dispongo de infinitos días para hacer las cosas que quiero hacer. Seguro que al final, acabaría no haciendo nada, y me pasaría esos tres, esos cien, esos mil días mirando al vacío.
No, en tres días tú has tenido tiempo suficiente para saciar todos mis sentidos y hacerme pensar que no hay nada más grande en los oscuros rincones de la vida que pueda seguir buscando. Que sólo tres perlas hacen de un hilo, un collar.
Pero no somos mariposas, no puedo cerrar el nudo aún. Aún así, tres días te han bastado para hacerme saber que todas las cuentas que pueda ensartar en este hilo, no serán perlas si no eres tú el que me las da. Y cuando muera y sea llevada ante las Puertas de San Pedro, y midan en una balanza dorada lo bueno y lo malo de mi vida, mis tres perlas pesarán más que cien, que mil, que infinitas piedras.
sábado, 10 de mayo de 2014
Multipolar.
Tengo por dentro una guerra de tripas cada una de un color, que se retuercen y luchan por salir, triunfantes, de mi boca. Que de la tierra que alimente mi cadáver cuando muera nazca un manzano, una palmera, un cerezo, o una planta de patata, dependerá de la tripa que consiga someter a las otras y empujar mis dientes.
Creo que no soy sólo una persona, sino decenas. Y si estuviera equivocada y realmente me llamo Blanca y sólo soy una, las decenas son los caminos que se bifurcan frente a mí.
A veces creo que me llamo Martha Kent y tengo una granja en Kansas. Allí no necesito más que una ventana orientada al amanecer para ver cómo la primera luz enciende el rocío de los campos de trigo.
Otras veces no me quiero mover ni un poquito. Quiero escuchar olas todos los días y una semana al año vestirme de volantes y bailar sevillanas, porque nadie gira el cuello tan rápido como yo cuando oye tras de sí que se canta por Lola Flores.
Luego me levanto, me abrigo bien, abro la puerta y me subo a una camioneta roja con matrícula de Canadá para recoger a mi hombre de donde trabaja talando árboles. Pero me enfado, porque yo debería haber nacido en una reserva india y los árboles tienen alma y nos dan sombra. Y si no puedo ser india, al menos hippie.
Pero claro, eso no va bien con estar de gira más meses que los que estoy en casa, bailando Petite Mort, Arenal, y todas esas coreografías por las que me estoy matando a trabajar cada día. Muchas veces me sorprenden venas recién nacidas que crecen con fuerza, como la de recorrer América en descapotable.
A veces tengo siete hijos, todos varones. A veces sólo tengo perros.
Pero siempre me acompaña la misma persona. Lo de alrededor no me importa.
Creo que no soy sólo una persona, sino decenas. Y si estuviera equivocada y realmente me llamo Blanca y sólo soy una, las decenas son los caminos que se bifurcan frente a mí.
A veces creo que me llamo Martha Kent y tengo una granja en Kansas. Allí no necesito más que una ventana orientada al amanecer para ver cómo la primera luz enciende el rocío de los campos de trigo.
Otras veces no me quiero mover ni un poquito. Quiero escuchar olas todos los días y una semana al año vestirme de volantes y bailar sevillanas, porque nadie gira el cuello tan rápido como yo cuando oye tras de sí que se canta por Lola Flores.
Luego me levanto, me abrigo bien, abro la puerta y me subo a una camioneta roja con matrícula de Canadá para recoger a mi hombre de donde trabaja talando árboles. Pero me enfado, porque yo debería haber nacido en una reserva india y los árboles tienen alma y nos dan sombra. Y si no puedo ser india, al menos hippie.
Pero claro, eso no va bien con estar de gira más meses que los que estoy en casa, bailando Petite Mort, Arenal, y todas esas coreografías por las que me estoy matando a trabajar cada día. Muchas veces me sorprenden venas recién nacidas que crecen con fuerza, como la de recorrer América en descapotable.
A veces tengo siete hijos, todos varones. A veces sólo tengo perros.
Pero siempre me acompaña la misma persona. Lo de alrededor no me importa.
jueves, 8 de mayo de 2014
Hojas parlantes.
Los inviernos de Secuoya eran dieciséis y su espíritu limpio y silencioso. Caminaba junto a su padre por el humeante campo de batalla en el que yacían por todos lados hombres de pieles blancas y rojas. El viento había dispersado hojas blancas como nieve sobre la tierra. No eran hojas como las hojas de los árboles. Secuoya buscó la mirada de su sabio padre y le preguntó que de dónde podían venir hojas tan blancas, tan extrañamente marcadas. Su padre resentía el conocimiento que Secuoya anhelaba. Éstas son hojas parlantes, hijo mío, las hojas parlantes de los hombres blancos. El hombre blanco toma una baya negra y la pluma del nido de un águila, y entonces marca con ellos la hoja que enviará a su hermano, y la hoja le contará qué hay en su corazón. Ellos ven estas marcas y entienden el corazón del hombre que está lejos, y los enemigos no pueden oírlos. Mala medicina tejen los hombres blancos en estas hojas.
El pelo de Secuoya era blanco ya, y la luz de sus ojos se empezaba a desvanecer, cuando en piedra grabó el primer alfabeto Cherokee, para todo el que creyera, como él, que sus pensamientos también merecían ser hablados por las hojas.
Ojalá que en nuestro corazón sólo haya poesía, para que ninguna hoja parlante vuelva a posarse sobre ningún campo de batalla, ni hombres vuelvan a yacer sobre él.
El pelo de Secuoya era blanco ya, y la luz de sus ojos se empezaba a desvanecer, cuando en piedra grabó el primer alfabeto Cherokee, para todo el que creyera, como él, que sus pensamientos también merecían ser hablados por las hojas.
Ojalá que en nuestro corazón sólo haya poesía, para que ninguna hoja parlante vuelva a posarse sobre ningún campo de batalla, ni hombres vuelvan a yacer sobre él.
Aves de paso.
Todas las almas nómadas tienen, en verano, una casita de pájaros a la que volver con salitre en el suelo y viento de levante que alborota el pelo. Luego siguen volando, sólo porque saben que el siguiente verano la casita seguirá ahí, oliendo a mar y a la arena que sale de los zapatos. Y bailarán en el balcón de madera con la música de la guitarra que llega desde la orilla, donde alguien toca de noche la misma melodía, verano tras verano, tras verano. Y cuando los vaqueros cada vez son más cortos, conduces hacia la casita. El viento entra en el coche y tu cuerpo se prepara, se abre y se hace vulnerable, porque sabe que nada malo puede entrar por la ventanilla cuando huele a mar, y este olor casi se puede saborear. El calor en tu lengua eriza lo que hasta entonces sólo había erizado el frío. Ahora estás en casa y conoces a todos los grillos que charlan de noche, tú charlarás con ellos porque es verano y el alma nómada duerme de día. Las hojas verdes volverán a ser marrones y a crujir con el viento, la nieve cubrirá toda señal de vida, pero volverá a derretirse como el corazón del peregrino que vuelve al hogar después de buscar y no encontrar. Todo lo que buscamos, al final, es el sitio del que partimos. La casita de pájaros, el sabor del mar y el calor que te retuerce por dentro y derrite el dolor.
Primaverano.
Nunca el sol había llegado a iluminar hasta tan profundo como cuando se coló entre tus rizos, ni el viento sonó tan armonioso como cuando hizo eco en las cavidades de tu garganta. Les suplicaría al sol, al viento y a los manantiales que puedo contar en tus ojos, que nos dejaran salir de nuestras costillas y vísceras para poder cabalgar sin montura en páramos que sólo los pájaros han pisado. Y la música que aprenderemos del viento, el sol, y el continuo murmurar del agua cayendo sobre agua, resonará en nuestras cajas torácicas cuando regresemos, y la felicidad no tendrá fin. Y aprenderemos a cabalgar sin salir de nuestros huesos para poder pisar lo que sólo los pájaros han pisado.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)