No importa el idioma, esas palabras existen en todas las lenguas y no hay forma de oírlas sin agrietarte por dentro. Cuando las escuchas casi parecen de un lenguaje que no conoces. Aunque sepas el significado de cada palabra por separado, el sentido completo de la oración te parece como de otro mundo y no comienzas a comprenderlo hasta que se comporta con tu alma como la mano de mortero que es. Con su machacar insistente, potente, continuo e inevitable, al final acaba entrando.
El significado destroza todo lo que encontró en su camino y te deja roto en mil pedazos. Y puedes, con el tiempo, hilvanar los descosidos e intentar encajar las piezas de ti mismo desperdigadas por el suelo, pero esas palabras siempre se van a quedar dentro. Y no dejarán de doler ni volverás a ser quien eras antes. Esas palabras son capaces de alterar la esencia que te hace ser tú y no cualquier otra persona.
Significan, en definitiva, que el faro que te iluminaba el camino a casa se ha derrumbado desde los cimientos. Que lo que antes llamabas hogar, no volverá a serlo, que por dentro no tienes techo donde cobijarte de la lluvia y el viento. Y puedes, con el tiempo, fabricar un refugio y volver a llamarlo hogar, por nunca volverá a ser aquel que conociste y en el que creciste. Significan que a partir de ahora, cuando te rompas un ala, que te la romperás, nadie te llevará a salvo bajo su camisa.
Ni siquiera sé que decir.
No son unas palabras exactas. Incluso se puede decir sin ni una sola, con una mirada. En todas sus variantes, lo que en realidad te llega es que el regazo donde has derramado todas tus lágrimas desde que naciste, ya no está.
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