sábado, 8 de noviembre de 2014

Infinita.

No somos nada. Polvo y sueños rotos en mil pedazos cuya luz parpadea de dolor dentro de nuestras costillas, como estrellas a las que rezamos y pedimos deseos cada noche cuando todo se queda en silencio. Somos ruido en una habitación abarrotada, sonidos indefinidos que luchan por hacerse oír más que el de al lado, siempre en vano. Somos insignificantes y todo lo que hagamos con nuestra vida de arremolinará con las hojas secas de algún otoño.

Y sin embargo, cuando estoy a cielo abierto cantando con una amiga una canción que las dos conocemos, y el viento me humedece los ojos y me alborota el pelo, me siento la criatura más poderosa del mundo, capaz de todo, inmensa e incansable. Y sin embargo, cuando estoy en tu habitación con la luz apagada y acuno tu cabeza en mi pecho, los límites del universo se estrechan y se acomodan a nuestras figuras, y en ese instante tú y yo somos el mundo y no hay nada más allá.

Cuando era pequeña todo me parecía más grande de lo que me parece ahora. No es malo ser pequeño e insignificante. El mundo se hace más grande y te ofrece más posibilidades. Eres libre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario