jueves, 8 de mayo de 2014

Aves de paso.

Todas las almas nómadas tienen, en verano, una casita de pájaros a la que volver con salitre en el suelo y viento de levante que alborota el pelo. Luego siguen volando, sólo porque saben que el siguiente verano la casita seguirá ahí, oliendo a mar y a la arena que sale de los zapatos. Y bailarán en el balcón de madera con la música de la guitarra que llega desde la orilla, donde alguien toca de noche la misma melodía, verano tras verano, tras verano. Y cuando los vaqueros cada vez son más cortos, conduces hacia la casita. El viento entra en el coche y tu cuerpo se prepara, se abre y se hace vulnerable, porque sabe que nada malo puede entrar por la ventanilla cuando huele a mar, y este olor casi se puede saborear. El calor en tu lengua eriza lo que hasta entonces sólo había erizado el frío. Ahora estás en casa y conoces a todos los grillos que charlan de noche, tú charlarás con ellos porque es verano y el alma nómada duerme de día. Las hojas verdes volverán a ser marrones y a crujir con el viento, la nieve cubrirá toda señal de vida, pero volverá a derretirse como el corazón del peregrino que vuelve al hogar después de buscar y no encontrar. Todo lo que buscamos, al final, es el sitio del que partimos. La casita de pájaros, el sabor del mar y el calor que te retuerce por dentro y derrite el dolor. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario