Tengo por dentro una guerra de tripas cada una de un color, que se retuercen y luchan por salir, triunfantes, de mi boca. Que de la tierra que alimente mi cadáver cuando muera nazca un manzano, una palmera, un cerezo, o una planta de patata, dependerá de la tripa que consiga someter a las otras y empujar mis dientes.
Creo que no soy sólo una persona, sino decenas. Y si estuviera equivocada y realmente me llamo Blanca y sólo soy una, las decenas son los caminos que se bifurcan frente a mí.
A veces creo que me llamo Martha Kent y tengo una granja en Kansas. Allí no necesito más que una ventana orientada al amanecer para ver cómo la primera luz enciende el rocío de los campos de trigo.
Otras veces no me quiero mover ni un poquito. Quiero escuchar olas todos los días y una semana al año vestirme de volantes y bailar sevillanas, porque nadie gira el cuello tan rápido como yo cuando oye tras de sí que se canta por Lola Flores.
Luego me levanto, me abrigo bien, abro la puerta y me subo a una camioneta roja con matrícula de Canadá para recoger a mi hombre de donde trabaja talando árboles. Pero me enfado, porque yo debería haber nacido en una reserva india y los árboles tienen alma y nos dan sombra. Y si no puedo ser india, al menos hippie.
Pero claro, eso no va bien con estar de gira más meses que los que estoy en casa, bailando Petite Mort, Arenal, y todas esas coreografías por las que me estoy matando a trabajar cada día. Muchas veces me sorprenden venas recién nacidas que crecen con fuerza, como la de recorrer América en descapotable.
A veces tengo siete hijos, todos varones. A veces sólo tengo perros.
Pero siempre me acompaña la misma persona. Lo de alrededor no me importa.
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