No es que no valore tus ojos, al contrario. Les tengo un profundo respeto, como se lo tengo a las estrellas y a jugar con leer el destino. Algo en ellos me empujan al precipicio de tu pupila con brazos de acero como un agujero negro al que ni siquiera la luz puede resistirse.
Ha dejado de llover y los charcos ya están en calma como pedazos de espejos derramados en el suelo. No me importa mojarme los pies, no me da miedo resfriarme, pero prefiero no molestarlos. El reflejo tan nítido del cielo esconde a la vista el fondo de los charcos, si es que acaso lo tienen. Parecen puertas a otra dimensión, a otro tiempo, a otro lugar. Sitios de los que no se puede regresar.
Es lo más cercano con lo que puedo explicar el poder de tus ojos. A veces creo que si los miro demasiado me caeré por la madriguera del conejo blanco y nunca encontraré el camino de vuelta. Los ojos suelen ser una puerta de salida, una expresión del alma que está dentro. Los tuyos son de entrada.
Y como los charcos, son azules o grises dependiendo del color del cielo, y si el sol está fuera, también son de un amarillo invernal suficiente para hacerte entrar en calor. Aunque a mí me gusta más pensar que es whisky. Como si fueran dos copas de whisky on the rocks a vista de pájaro.
Y seguramente al pisarlos se rompa la tranquilidad de la superficie y te encuentres con el suelo a pocos centímetros. Pero, ¿Y si esta vez cayeras?
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