jueves, 8 de mayo de 2014

Hojas parlantes.

Los inviernos de Secuoya eran dieciséis y su espíritu limpio y silencioso. Caminaba junto a su padre por el humeante campo de batalla en el que yacían por todos lados hombres de pieles blancas y rojas. El viento había dispersado hojas blancas como nieve sobre la tierra. No eran hojas como las hojas de los árboles. Secuoya buscó la mirada de su sabio padre y le preguntó que de dónde podían venir hojas tan blancas, tan extrañamente marcadas. Su padre resentía el conocimiento que Secuoya anhelaba. Éstas son hojas parlantes, hijo mío, las hojas parlantes de los hombres blancos. El hombre blanco toma una baya negra y la pluma del nido de un águila, y entonces marca con ellos la hoja que enviará a su hermano, y la hoja le contará qué hay en su corazón. Ellos ven estas marcas y entienden el corazón del hombre que está lejos, y los enemigos no pueden oírlos. Mala medicina tejen los hombres blancos en estas hojas.
El pelo de Secuoya era blanco ya, y la luz de sus ojos se empezaba a desvanecer, cuando en piedra grabó el primer alfabeto Cherokee, para todo el que creyera, como él, que sus pensamientos también merecían ser hablados por las hojas.

Ojalá que en nuestro corazón sólo haya poesía, para que ninguna hoja parlante vuelva a posarse sobre ningún campo de batalla, ni hombres vuelvan a yacer sobre él.

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