sábado, 10 de mayo de 2014

Multipolar.

Tengo por dentro una guerra de tripas cada una de un color, que se retuercen y luchan por salir, triunfantes, de mi boca. Que de la tierra que alimente mi cadáver cuando muera nazca un manzano, una palmera, un cerezo, o una planta de patata, dependerá de la tripa que consiga someter a las otras y empujar mis dientes.
Creo que no soy sólo una persona, sino decenas. Y si estuviera equivocada y realmente me llamo Blanca y sólo soy una, las decenas son los caminos que se bifurcan frente a mí.
A veces creo que me llamo Martha Kent y tengo una granja en Kansas. Allí no necesito más que una ventana orientada al amanecer para ver cómo la primera luz enciende el rocío de los campos de trigo.
Otras veces no me quiero mover ni un poquito. Quiero escuchar olas todos los días y una semana al año vestirme de volantes y bailar sevillanas, porque nadie gira el cuello tan rápido como yo cuando oye tras de sí que se canta por Lola Flores.
Luego me levanto, me abrigo bien, abro la puerta y me subo a una camioneta roja con matrícula de Canadá para recoger a mi hombre de donde trabaja talando árboles. Pero me enfado, porque yo debería haber nacido en una reserva india y los árboles tienen alma y nos dan sombra. Y si no puedo ser india, al menos hippie.
Pero claro, eso no va bien con estar de gira más meses que los que estoy en casa, bailando Petite Mort, Arenal, y todas esas coreografías por las que me estoy matando a trabajar cada día. Muchas veces me sorprenden venas recién nacidas que crecen con fuerza, como la de recorrer América en descapotable.
A veces tengo siete hijos, todos varones. A veces sólo tengo perros.
Pero siempre me acompaña la misma persona. Lo de alrededor no me importa.

jueves, 8 de mayo de 2014

Hojas parlantes.

Los inviernos de Secuoya eran dieciséis y su espíritu limpio y silencioso. Caminaba junto a su padre por el humeante campo de batalla en el que yacían por todos lados hombres de pieles blancas y rojas. El viento había dispersado hojas blancas como nieve sobre la tierra. No eran hojas como las hojas de los árboles. Secuoya buscó la mirada de su sabio padre y le preguntó que de dónde podían venir hojas tan blancas, tan extrañamente marcadas. Su padre resentía el conocimiento que Secuoya anhelaba. Éstas son hojas parlantes, hijo mío, las hojas parlantes de los hombres blancos. El hombre blanco toma una baya negra y la pluma del nido de un águila, y entonces marca con ellos la hoja que enviará a su hermano, y la hoja le contará qué hay en su corazón. Ellos ven estas marcas y entienden el corazón del hombre que está lejos, y los enemigos no pueden oírlos. Mala medicina tejen los hombres blancos en estas hojas.
El pelo de Secuoya era blanco ya, y la luz de sus ojos se empezaba a desvanecer, cuando en piedra grabó el primer alfabeto Cherokee, para todo el que creyera, como él, que sus pensamientos también merecían ser hablados por las hojas.

Ojalá que en nuestro corazón sólo haya poesía, para que ninguna hoja parlante vuelva a posarse sobre ningún campo de batalla, ni hombres vuelvan a yacer sobre él.

Aves de paso.

Todas las almas nómadas tienen, en verano, una casita de pájaros a la que volver con salitre en el suelo y viento de levante que alborota el pelo. Luego siguen volando, sólo porque saben que el siguiente verano la casita seguirá ahí, oliendo a mar y a la arena que sale de los zapatos. Y bailarán en el balcón de madera con la música de la guitarra que llega desde la orilla, donde alguien toca de noche la misma melodía, verano tras verano, tras verano. Y cuando los vaqueros cada vez son más cortos, conduces hacia la casita. El viento entra en el coche y tu cuerpo se prepara, se abre y se hace vulnerable, porque sabe que nada malo puede entrar por la ventanilla cuando huele a mar, y este olor casi se puede saborear. El calor en tu lengua eriza lo que hasta entonces sólo había erizado el frío. Ahora estás en casa y conoces a todos los grillos que charlan de noche, tú charlarás con ellos porque es verano y el alma nómada duerme de día. Las hojas verdes volverán a ser marrones y a crujir con el viento, la nieve cubrirá toda señal de vida, pero volverá a derretirse como el corazón del peregrino que vuelve al hogar después de buscar y no encontrar. Todo lo que buscamos, al final, es el sitio del que partimos. La casita de pájaros, el sabor del mar y el calor que te retuerce por dentro y derrite el dolor. 

Primaverano.

Nunca el sol había llegado a iluminar hasta tan profundo como cuando se coló entre tus rizos, ni el viento sonó tan armonioso como cuando hizo eco en las cavidades de tu garganta. Les suplicaría al sol, al viento y a los manantiales que puedo contar en tus ojos, que nos dejaran salir de nuestras costillas y vísceras para poder cabalgar sin montura en páramos que sólo los pájaros han pisado. Y la música que aprenderemos del viento, el sol, y el continuo murmurar del agua cayendo sobre agua, resonará en nuestras cajas torácicas cuando regresemos, y la felicidad no tendrá fin. Y aprenderemos a cabalgar sin salir de nuestros huesos para poder pisar lo que sólo los pájaros han pisado.