domingo, 8 de noviembre de 2015

Capítulo 2

Tras atravesar una pequeña entrada en la que el organizador había dejado un bote para posibles aportaciones económicas en pos de amortizar la fiesta o financiar una nueva, se llegaba a un amplio salón sin amueblar en el que alegres jóvenes desconocidos charlaban sentados en el suelo usando sus abrigos como aislante. Las losas, de un mármol que otrora pudiera haber sido liso y brillante, estaban cubiertas por una densa capa de polvo que lentamente se había precipitado sobre ellas con el paso de los años en desuso. Parecía que alguna brigada de estudiantes perezosos había intentado limpiar para acondicionar la estancia  para la fiesta, pero por el poco esfuerzo o tal vez la escasez de materiales, simplemente se había removido el polvo y reubicado en las formas circulares que dejaba la fregona. La pintura de las paredes presentaba una amplia gama de tonalidades de grises que sugerían sutilmente haber sido blanco antaño, pero ahora estaban desconchadas y la mayor parte del cemento subyacente estaba en la superficie. Una única bombilla colgando de un cable alumbraba duramente la estancia desde arriba, y los presentes quedaban sombreados por un cénit que remarcaba las ojeras y otorgaba tenebrosidad a las expresiones.
Manuel había avistado a una de sus compañeras en el lado opuesto del salón y mientras la saludaba, él se agachó para preguntar a uno de los desconocidos por el escondite de las cervezas. – Lo siento, compañero, pero las cervezas las hemos comprado nosotros fuera-. Había respondido el chaval amistosamente. – Pero más adentro están dando vino caliente-. Con un gesto indefinido de la mano que sostenía la cerveza le indicó un pasillo al final de la habitación.  –También hay galletitas saladas – Añadió otro chico de la reunión.
- Vale, gracias-. Dijo él mientras le daba una palmada en el hombro a modo masculino clásico de agradecimiento. – De nada, compañero - Oyó debajo suya una vez se hubo incorporado. Antes de darse la vuelta para buscar a Manuel, éste ya había llegado a su lado acompañado por su amiga. Era muy pequeña, delgada y de rasgos tan finos que parecían dibujados con pluma estilográfica. Le sonreía para que se sintiera bien recibido en su conversación con Manuel y dejaba ver sus pequeños dientes divididos en dos grupos por una diminuta separación entre las paletas. Era una sonrisa de niña que contrastaba con los ojos claros maquillados que miraban desenvueltos, con la larga melena negra y lisa que cayendo a ambos lados de su cara la enmarcaba en un aire maduro y adulto. Aun así y a pesar de la iluminación del lugar no parecía ser seria o fría, sino extrovertida y descarada. Antes de que empezara la presentación ya había logrado identificarla como Concha por las descripciones que Manuel le había dado sobre una amiga a la que prestaba especial atención y consideraba como posible amorío.
Las mujeres no abundaban en la universidad y todas parecían de alguna manera estar interesadas en Manuel. Tenía la comprensible facilidad del magnetismo bohemio que lo rodeaba y que por entonces resultaba atractivo y encantador. Y lo cierto es que Manuel sacaba buen provecho de la situación. No es que fuera inmoral ni usara mal a las mujeres que giraban en torno a él como satélites o los electrones de un átomo. De hecho, su trágica búsqueda de romanticismo formaba parte del aura bohemia que las atraía. La tajada que obtenía de ellas tenía otra dimensión, eran la motivación vital de un hombre cuyo fin último era llegar a casa y besar a su mujer. Su propio carácter de romántico sin remedio necesitaba a una mujer que le diera esperanzas, una posible compañera en potencia que en el proceso de acción o descarte le inspirara poesía y soleares. Sin ellas no podía ser romántico y sin ser romántico no podía tenerlas a ellas. Había creado una retroalimentación que por el momento le favorecía bastante.
- Gallardo, buenas noticias – dijo Manuel – Bebemos gratis-.
– De gratis nada –intervino la posible Concha- el precio es vuestra compañía-. No se esforzó nada en disimular el guiño hacia Manuel que convertía su invitación en coqueteo descarado. – Por qué poco vendes tú el alcohol- respondió Manuel- Esta es Concha-. Había acertado finalmente, luego la noche prometía alimento para el alma de su amigo. Se alegró por él. - ¿Te llamas Gallardo en serio?- Preguntó Concha. La innecesaria presentación por su parte le dio a entender que ya había hablado anteriormente sobre él con Manuel. Él rio ante una pregunta cien veces antes contestada. –No- dijo. – De toda la vida le llamamos por el apellido- aclaró Manuel. -¿Y cómo te llamas en verdad? – Amós. - ¿Cómo? – Amós. - ¿Amo?-. El acento andaluz, el eco de las conversaciones ajenas en el inmenso salón vacío y la música que llegaba desde otra habitación parecían interferir en la siempre incómoda situación de decir su nombre. – Amos -. Insistió en la ‘s’ final y forzó el fin de la presentación inclinándose hacia la pequeña mujer para los dos besos de protocolo en las mejillas. – Pero eres de aquí, ¿no?- insistió ella. Su esfuerzo por zanjar el tema no había dado resultado. En realidad, nunca lo daba. - ¿Pues no ves que se apellida Gallardo? ¿De dónde va a ser, de Kenia?-. Dijo solidariamente Manuel, tratando de ayudar al amigo que conocía tan bien. – Pero es que es un nombre rarísimo. ¿Qué significa? – No lo sé-. Mintió el, como siempre. – Pues ya puedes ir inventándote una historia interesante, porque mi amiga Irene necesita conocerte con toda el alma-. Terminó Concha, y los agarró de las mangas de sus chaquetas para arrastrarlos hacia allí donde los esperaba la tal Irene. Maldita sea, pensó. Lo que hay que hacer por unas cervezas.
Tampoco era nada fuera de lo habitual, sin embargo, que él hubiera llamado la atención de alguna de las mujeres presentes. Más inintencionadamente que Manuel, Amós también poseía esa fuerza gravitacional de la que frecuentemente deseaba desprenderse. Era una atracción más selectiva que la de su amigo, las mujeres que se sentían atraídas hacia su misteriosa indiferencia solían pertenecer a una intersección más pequeña, respondían a descripciones menos indiscriminadas; pero siempre había alguna. Era un ciclo reverso al de Manuel, puesto que su llamada era precisamente el desinterés y siempre que se comportara ajeno a todas las necesidades sociales, podía tener confianza en que algún ave acudiría para intentar despertarlo de lo que parecía el sueño de una bella durmiente. Él estaba bastante cómodo en esa hibernación y no pretendía dejar a nadie en absoluto sacarlo de su cueva para uno, aunque tampoco negaba a las pretendientes el derecho de intentarlo. De hecho, a veces se permitía  disfrutar del esfuerzo de la chica y la seguridad de su fracaso. Normalmente las aplicantes le ofrecían de sí mismas como cebo su carácter más interesante, tanto así que se convertían en mujeres más allá de sí mismas, y afortunadamente eso las agotaba y se acababan rindiendo. Esperaba que esa Irene se cansara deprisa sin necesidad de ese proceso por el que odiaba pasar y por el que no disfrutaba de la temporalidad de esas mujeres como podría. En ocasiones, había tenido él mismo que sujetar a la chica por los hombros, mirarla a los ojos y negar con la cabeza. No lo has logrado, lo lamento, recoge tus pedazos y márchate.
Afortunadamente, la excusa de Irene para mantenerlo cerca durante la noche era la cerveza. Cuando llegaron arrastrados por Concha hacia donde estaba ella, se alegró de que pareciera una chica agradable. Las cervezas les fueron suministradas en seguida de un esportón lleno de hielo que guardaba unos diez botellines más. No los suficientes para toda una noche, así que asumió que en algún momento tendría que conformarse con el vino caliente. Su admiradora era más grande que su amiga, rasgo agradecido puesto que su altura le había provocado a veces dolor en el cuello.  Aunque tuviera que agachar la cabeza para mirarla, el ángulo de la inclinación era considerablemente menor que con Concha. Irene tenía el pelo castaño pero peinado y cortado exactamente igual. Su cara no obstante era más redonda que la de su amiga y su expresión más inocente, acentuada por el hecho de que en las orejas llevaba un par de grandes perlas. La presentación, como esperaba, coincidía con la plantilla de respuestas que tenía siempre a mano en su estantería mental. Sí, Gallardo. No, Amós. Amós, no Amo. Y así conocer gente nueva se había convertido en una rutina trágicamente inevitable como la cita para el dentista.
- ¿Qué significa Amós, es un nombre musulmán?-. La identificación universal de nombres que comienzan en A y el islam había empezado a cansarle hacía ya tiempo. La mentira que decidió contar fue una diversión íntima que al menos le amenizó el intercambio de nombres. – No, es un acrónimo. Son siglas de palabras secretas que mis padres nunca me han dicho. Cuando fallezcan, mi herencia será el significado, y la respuesta debería llevarme hacia algo desconocido. No sé nada más, es algo que en su momento tendré que descubrir-. El discurso había sido entonado ensoñadoramente, intercalado con largas pausas dramáticas que aprovechaba para beber cerveza. Lo había hecho bien, pero la improbabilidad de validez de su historia debilitaba la estructura de la broma. Necesitaba el último clavo estratégico en el que como siempre, pudo confiar. Cuando Concha e Irene lanzaron a Manuel miradas inquisidoras esperando la confirmación de la mentira o de la verdad, éste asintió solemnemente y bebió de su botella de cerveza. Las dos abrieron la boca y sorprendidas iniciaron un largo cuestionario inesperado acerca de si tenía curiosidad, o alguna teoría de cuál podía ser el significado oculto. Algunas mentiras colaterales fueron contadas por Manuel para reforzar la credibilidad, como que su padre era masónico o que en Palos de la Frontera se contaba la leyenda de que tesoros del Nuevo Mundo habían sido escondidos y custodiados por una familia local.
- ¿La tuya?-. Preguntó Irene. – No lo sé. Supongo que tendré que esperar-. Y el misterio las envolvió en un silencio reflexivo mientras Amós y Manuel se miraban de reojo y se felicitaban sin hablar por el éxito de la broma. La duración había sido prolongada, cada uno había finiquitado dos botellines, y seis últimos a repartir entre los cuatro flotaban en el hielo derretido del esportón. Inadvertidamente, muchos universitarios habían ido llegando y llenando la estancia hasta que cuando se dio cuenta, Amós no podía dar un paso sin preocuparse de no pisar a nadie. El volumen de la conversación tuvo que subir inevitablemente y cada intervención se volvió un esfuerzo titánico por hacerse oír, así que el tema se transformó de manera natural en algo más irrelevante. Mientras todos bebían una cerveza más, intercambiaron información de qué estudiaban o de dónde eran. Concha e Irene eran compañeras de piso, ambas nativas de Jerez de la Frontera. No estudiaban lo mismo pero se conocían de haber cursado juntas el Preuniversitario. Concha era compañera de Manuel en psicología, e Irene resultaba haber abandonado la escuela técnica de arquitectura para seguir con sus estudios de piano en el Conservatorio. En cierto momento dejó caer que la motivación de su cambio era más el hecho de haber huido de ser la única mujer en clase que su pasión por la música. Estaba claro que no había durado lo suficiente en su primera carrera para darse cuenta del lamentable estado del edificio. Mejor para sus nervios, pero un error haber dejado la responsabilidad de esa tarea, por masculina que pareciera, en manos de hombres que se tambaleaban borrachos por el lugar. 
Su fácil rendición ante la dominación del hombre apagó cualquier destello que pudiera haber captado su atención. Poco había sido necesario para hacerla cambiar de rumbo. Aunque él mismo no tuviera un sueño, un objetivo definido, sí había delimitado exhaustivamente su forma de pensar y entender el mundo, sus creencias y moralidad. No sabía exactamente dónde iba, pero saber quién era parecía guía suficiente para el viaje. Un hecho así no decía mucho de la fortaleza de las convicciones de Irene. Aun así seguía siendo la propietaria de las cervezas, y mientras quedaran botellines en el esportón, debía seguir pagando con su asistencia. De todos modos, el tema del Conservatorio dio lugar a la interesante noticia de que más tarde, estudiantes de música tocarían en una de las habitaciones que aún no habían visitado, tal vez en la misma donde servían el vino y las galletas. Todo organizado por cortesía de un intérprete de trombón que, habiendo viajado a Francia de intercambio, quería trasladar sus experiencias en el barrio de Panier en Marsella, e intentar inculcarnos el consumo de vino caliente y música estudiantil en directo. Amós dudó de que lograra promulgar un concierto que no fuera de flamenco o una bebida que no estuviera fría, por muy octubre que fuera. ¿O era ya noviembre?
Una vez todos los presentes tomaron el último sorbo de la tercera botella, quedaba claro que las chicas habían bebido por encima de su capacidad y que por tanto, las dos últimas serían para él y Manuel. Concha miraba con los párpados caídos a su compañero y se desestabilizaba con su propia risa, Irene perdió su aspecto inocente cuando se acercó a Amós, le tocó el hombro y usando el ruido como excusa, le habló al oído rociando su cuello de aire caliente, que en el salón cada vez más abarrotado, era una sofocante intrusión en su espacio vital.
- Normalmente esto me lo dicen a mí –le dijo intentando sonar sobria- pero tienes unos ojos preciosos-. Ése era uno de los comentarios estándar que tenía archivados como frecuentes. Se apartó de ella huyendo de su calor corporal y aprovechó para saciar su curiosidad y mirarle a los ojos, en los que no se había fijado a lo largo de la conversación previa. Parecían castaños, pero tal vez a la luz del día tuvieran algún matiz verde que justificara que los alabaran normalmente, como acababa de decir. Por lo demás eran un par de ojos normales, turbios por la embriaguez e incapaces de fijar la mirada durante más de unos segundos. No sabía si a Manuel le iba mejor con su descubrimiento de Concha, pero ésta de repente alejó oportunamente a Irene de Amós tirando de su brazo.
- ¡Quiero bailar!-. Gritó Concha, y mostró la intención de llevarse consigo a Irene. Al ver que no las seguían, sino que se agachaban para abrir las últimas cervezas, se esforzó en demostrar que le molestaría que no las acompañasen. El baile era algo que Amós no permitiría que se le cobrase, y las cervezas no eran lo bastante buenas o lo suficientemente heladas para hacerle cambiar de opinión. Algún antropólogo en la sala debería haber salido en su ayuda para anunciar que por mucho que las mujeres se empeñaran, los hombres detestaban bailar. Un error de la evolución, tal vez, ante el que se sentía frustrado, que el ritual de cortejo fuera un infierno para uno de los dos participantes. Y si algún hombre decía que lo disfrutaba, apostaba que era más por la cercanía física que por la danza. La última botella estaba abierta y era tarde para negarle el alcohol que ya había ingerido, si querían considerarle una persona horrible por no pagar la generosidad con bailes ridículos, eran libres de hacerlo. Él, tan feliz. Sin embargo, Manuel podía seguir interesado en Concha y notaba en la vibración de su cuerpo al lado suyo que quería ir con ellas. Bien odiaba bailar Manuel tanto como él, pero en su caso el esfuerzo aún tenía una valoración rentable, así que suspiró, miró a su amigo no para reprocharle sino para comentar lo absurdo de la situación, y se pusieron en marcha. Al menos, le interesaba lo del concierto prometido y más subconscientemente, también las demás habitaciones de la vieja y misteriosa casa. El traslado del salón hacia el lugar al que querían llegar las chicas fue de hecho una aventura surrealista que le hizo cuestionar si soportaba la cerveza tan bien como creía.
El pasillo al final de la sala no tenía iluminación, pero estaba decorado para la ocasión con telas negras colgadas de las paredes e hilos blancos enredados simulando telarañas gigantes, seguramente donados por el sector femenino de la población universitaria. También había algo que en la oscuridad le costó identificar con lo que finalmente era un robot de cartón que le recordaba a la portada de su edición de ‘Yo, robot’, de Isaac Asimov. Se les cruzó un perro labrador que no recordaban haber visto entrar en la casa, pero que tras chocarse con sus piernas, siguió su camino. Una bota que colgaba del techo le golpeó en la cabeza conforme avanzaba al final del pasillo. Una vez recorrido, las chicas risueñas dudaban de los recuerdos emborronados por la cerveza de si tenían que tomar la puerta de la derecha o la izquierda. La primera opción fue la diestra y fue errónea, pero el descubrimiento mereció la pena.
Al abrir la puerta, la bofetada de un olor que podía distinguir bien como hachís, los recibía y aturdía. La luz estaba apagada a excepción de la proyección sobre la lisa pared de una antiquísima película muda en blanco y negro de Mickey Mouse, el famoso ratón de Walt Disney. El pequeño monigote se movía a trompicones y avanzaba por una ciudad monocromática y bidimensional. La habitación también estaba totalmente desamueblada a excepción del antiguo proyector, pero al forzar la vista podían vislumbrarse en el suelo a jóvenes alumbrados por el fuego del cigarrillo, en silencio y en una especie de trance, como si en las aventuras del ratón se les estuviera contando el secreto final del universo. Tratando de acallar las risas para no turbar la hipnosis de los espectadores, cerraron la puerta y tomaron, por fin, el camino de la izquierda.


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