Tras atravesar una pequeña entrada en la que el organizador
había dejado un bote para posibles aportaciones económicas en pos de amortizar
la fiesta o financiar una nueva, se llegaba a un amplio salón sin amueblar en
el que alegres jóvenes desconocidos charlaban sentados en el suelo usando sus
abrigos como aislante. Las losas, de un mármol que otrora pudiera haber sido
liso y brillante, estaban cubiertas por una densa capa de polvo que lentamente
se había precipitado sobre ellas con el paso de los años en desuso. Parecía que
alguna brigada de estudiantes perezosos había intentado limpiar para
acondicionar la estancia para la fiesta,
pero por el poco esfuerzo o tal vez la escasez de materiales, simplemente se
había removido el polvo y reubicado en las formas circulares que dejaba la
fregona. La pintura de las paredes presentaba una amplia gama de tonalidades de
grises que sugerían sutilmente haber sido blanco antaño, pero ahora estaban desconchadas
y la mayor parte del cemento subyacente estaba en la superficie. Una única
bombilla colgando de un cable alumbraba duramente la estancia desde arriba, y
los presentes quedaban sombreados por un cénit que remarcaba las ojeras y
otorgaba tenebrosidad a las expresiones.
Manuel había avistado a una de sus compañeras en el lado
opuesto del salón y mientras la saludaba, él se agachó para preguntar a uno de
los desconocidos por el escondite de las cervezas. – Lo siento, compañero, pero
las cervezas las hemos comprado nosotros fuera-. Había respondido el chaval
amistosamente. – Pero más adentro están dando vino caliente-. Con un gesto
indefinido de la mano que sostenía la cerveza le indicó un pasillo al final de
la habitación. –También hay galletitas saladas
– Añadió otro chico de la reunión.
- Vale, gracias-. Dijo él mientras le daba una palmada en el
hombro a modo masculino clásico de agradecimiento. – De nada, compañero - Oyó
debajo suya una vez se hubo incorporado. Antes de darse la vuelta para buscar a
Manuel, éste ya había llegado a su lado acompañado por su amiga. Era muy
pequeña, delgada y de rasgos tan finos que parecían dibujados con pluma
estilográfica. Le sonreía para que se sintiera bien recibido en su conversación
con Manuel y dejaba ver sus pequeños dientes divididos en dos grupos por una
diminuta separación entre las paletas. Era una sonrisa de niña que contrastaba
con los ojos claros maquillados que miraban desenvueltos, con la larga melena
negra y lisa que cayendo a ambos lados de su cara la enmarcaba en un aire
maduro y adulto. Aun así y a pesar de la iluminación del lugar no parecía ser
seria o fría, sino extrovertida y descarada. Antes de que empezara la
presentación ya había logrado identificarla como Concha por las descripciones
que Manuel le había dado sobre una amiga a la que prestaba especial atención y
consideraba como posible amorío.
Las mujeres no abundaban en la universidad y todas parecían
de alguna manera estar interesadas en Manuel. Tenía la comprensible facilidad
del magnetismo bohemio que lo rodeaba y que por entonces resultaba atractivo y
encantador. Y lo cierto es que Manuel sacaba buen provecho de la situación. No
es que fuera inmoral ni usara mal a las mujeres que giraban en torno a él como
satélites o los electrones de un átomo. De hecho, su trágica búsqueda de
romanticismo formaba parte del aura bohemia que las atraía. La tajada que
obtenía de ellas tenía otra dimensión, eran la motivación vital de un hombre
cuyo fin último era llegar a casa y besar a su mujer. Su propio carácter de
romántico sin remedio necesitaba a una mujer que le diera esperanzas, una
posible compañera en potencia que en el proceso de acción o descarte le
inspirara poesía y soleares. Sin ellas no podía ser romántico y sin ser
romántico no podía tenerlas a ellas. Había creado una retroalimentación que por
el momento le favorecía bastante.
- Gallardo, buenas noticias – dijo Manuel – Bebemos gratis-.
– De gratis nada –intervino la posible Concha- el precio es
vuestra compañía-. No se esforzó nada en disimular el guiño hacia Manuel que
convertía su invitación en coqueteo descarado. – Por qué poco vendes tú el
alcohol- respondió Manuel- Esta es Concha-. Había acertado finalmente, luego la
noche prometía alimento para el alma de su amigo. Se alegró por él. - ¿Te
llamas Gallardo en serio?- Preguntó Concha. La innecesaria presentación por su
parte le dio a entender que ya había hablado anteriormente sobre él con Manuel.
Él rio ante una pregunta cien veces antes contestada. –No- dijo. – De toda la
vida le llamamos por el apellido- aclaró Manuel. -¿Y cómo te llamas en verdad?
– Amós. - ¿Cómo? – Amós. - ¿Amo?-. El acento andaluz, el eco de las
conversaciones ajenas en el inmenso salón vacío y la música que llegaba desde
otra habitación parecían interferir en la siempre incómoda situación de decir
su nombre. – Amos -. Insistió en la ‘s’ final y forzó el fin de la presentación
inclinándose hacia la pequeña mujer para los dos besos de protocolo en las
mejillas. – Pero eres de aquí, ¿no?- insistió ella. Su esfuerzo por zanjar el
tema no había dado resultado. En realidad, nunca lo daba. - ¿Pues no ves que se
apellida Gallardo? ¿De dónde va a ser, de Kenia?-. Dijo solidariamente Manuel,
tratando de ayudar al amigo que conocía tan bien. – Pero es que es un nombre
rarísimo. ¿Qué significa? – No lo sé-. Mintió el, como siempre. – Pues ya
puedes ir inventándote una historia interesante, porque mi amiga Irene necesita
conocerte con toda el alma-. Terminó Concha, y los agarró de las mangas de sus
chaquetas para arrastrarlos hacia allí donde los esperaba la tal Irene. Maldita
sea, pensó. Lo que hay que hacer por unas cervezas.
Tampoco era nada fuera de lo habitual, sin embargo, que él
hubiera llamado la atención de alguna de las mujeres presentes. Más inintencionadamente
que Manuel, Amós también poseía esa fuerza gravitacional de la que
frecuentemente deseaba desprenderse. Era una atracción más selectiva que la de
su amigo, las mujeres que se sentían atraídas hacia su misteriosa indiferencia
solían pertenecer a una intersección más pequeña, respondían a descripciones
menos indiscriminadas; pero siempre había alguna. Era un ciclo reverso al de
Manuel, puesto que su llamada era precisamente el desinterés y siempre que se
comportara ajeno a todas las necesidades sociales, podía tener confianza en que
algún ave acudiría para intentar despertarlo de lo que parecía el sueño de una
bella durmiente. Él estaba bastante cómodo en esa hibernación y no pretendía
dejar a nadie en absoluto sacarlo de su cueva para uno, aunque tampoco negaba a
las pretendientes el derecho de intentarlo. De hecho, a veces se permitía disfrutar del esfuerzo de la chica y la
seguridad de su fracaso. Normalmente las aplicantes le ofrecían de sí mismas
como cebo su carácter más interesante, tanto así que se convertían en mujeres
más allá de sí mismas, y afortunadamente eso las agotaba y se acababan
rindiendo. Esperaba que esa Irene se cansara deprisa sin necesidad de ese
proceso por el que odiaba pasar y por el que no disfrutaba de la temporalidad
de esas mujeres como podría. En ocasiones, había tenido él mismo que sujetar a
la chica por los hombros, mirarla a los ojos y negar con la cabeza. No lo has
logrado, lo lamento, recoge tus pedazos y márchate.
Afortunadamente, la excusa de Irene para mantenerlo cerca
durante la noche era la cerveza. Cuando llegaron arrastrados por Concha hacia
donde estaba ella, se alegró de que pareciera una chica agradable. Las cervezas
les fueron suministradas en seguida de un esportón lleno de hielo que guardaba
unos diez botellines más. No los suficientes para toda una noche, así que
asumió que en algún momento tendría que conformarse con el vino caliente. Su
admiradora era más grande que su amiga, rasgo agradecido puesto que su altura
le había provocado a veces dolor en el cuello. Aunque tuviera que agachar la cabeza para
mirarla, el ángulo de la inclinación era considerablemente menor que con
Concha. Irene tenía el pelo castaño pero peinado y cortado exactamente igual.
Su cara no obstante era más redonda que la de su amiga y su expresión más
inocente, acentuada por el hecho de que en las orejas llevaba un par de grandes
perlas. La presentación, como esperaba, coincidía con la plantilla de
respuestas que tenía siempre a mano en su estantería mental. Sí, Gallardo. No,
Amós. Amós, no Amo. Y así conocer gente nueva se había convertido en una rutina
trágicamente inevitable como la cita para el dentista.
- ¿Qué significa Amós, es un nombre musulmán?-. La
identificación universal de nombres que comienzan en A y el islam había
empezado a cansarle hacía ya tiempo. La mentira que decidió contar fue una
diversión íntima que al menos le amenizó el intercambio de nombres. – No, es un
acrónimo. Son siglas de palabras secretas que mis padres nunca me han dicho.
Cuando fallezcan, mi herencia será el significado, y la respuesta debería
llevarme hacia algo desconocido. No sé nada más, es algo que en su momento
tendré que descubrir-. El discurso había sido entonado ensoñadoramente,
intercalado con largas pausas dramáticas que aprovechaba para beber cerveza. Lo
había hecho bien, pero la improbabilidad de validez de su historia debilitaba
la estructura de la broma. Necesitaba el último clavo estratégico en el que
como siempre, pudo confiar. Cuando Concha e Irene lanzaron a Manuel miradas
inquisidoras esperando la confirmación de la mentira o de la verdad, éste
asintió solemnemente y bebió de su botella de cerveza. Las dos abrieron la boca
y sorprendidas iniciaron un largo cuestionario inesperado acerca de si tenía
curiosidad, o alguna teoría de cuál podía ser el significado oculto. Algunas
mentiras colaterales fueron contadas por Manuel para reforzar la credibilidad,
como que su padre era masónico o que en Palos de la Frontera se contaba la
leyenda de que tesoros del Nuevo Mundo habían sido escondidos y custodiados por
una familia local.
- ¿La tuya?-. Preguntó Irene. – No lo sé. Supongo que tendré
que esperar-. Y el misterio las envolvió en un silencio reflexivo mientras Amós
y Manuel se miraban de reojo y se felicitaban sin hablar por el éxito de la
broma. La duración había sido prolongada, cada uno había finiquitado dos
botellines, y seis últimos a repartir entre los cuatro flotaban en el hielo
derretido del esportón. Inadvertidamente, muchos universitarios habían ido
llegando y llenando la estancia hasta que cuando se dio cuenta, Amós no podía
dar un paso sin preocuparse de no pisar a nadie. El volumen de la conversación
tuvo que subir inevitablemente y cada intervención se volvió un esfuerzo
titánico por hacerse oír, así que el tema se transformó de manera natural en
algo más irrelevante. Mientras todos bebían una cerveza más, intercambiaron
información de qué estudiaban o de dónde eran. Concha e Irene eran compañeras
de piso, ambas nativas de Jerez de la Frontera. No estudiaban lo mismo pero se
conocían de haber cursado juntas el Preuniversitario. Concha era compañera de
Manuel en psicología, e Irene resultaba haber abandonado la escuela técnica de
arquitectura para seguir con sus estudios de piano en el Conservatorio. En
cierto momento dejó caer que la motivación de su cambio era más el hecho de
haber huido de ser la única mujer en clase que su pasión por la música. Estaba
claro que no había durado lo suficiente en su primera carrera para darse cuenta
del lamentable estado del edificio. Mejor para sus nervios, pero un error haber
dejado la responsabilidad de esa tarea, por masculina que pareciera, en manos
de hombres que se tambaleaban borrachos por el lugar.
Su fácil rendición ante la dominación del hombre apagó
cualquier destello que pudiera haber captado su atención. Poco había sido
necesario para hacerla cambiar de rumbo. Aunque él mismo no tuviera un sueño,
un objetivo definido, sí había delimitado exhaustivamente su forma de pensar y
entender el mundo, sus creencias y moralidad. No sabía exactamente dónde iba,
pero saber quién era parecía guía suficiente para el viaje. Un hecho así no
decía mucho de la fortaleza de las convicciones de Irene. Aun así seguía siendo
la propietaria de las cervezas, y mientras quedaran botellines en el esportón,
debía seguir pagando con su asistencia. De todos modos, el tema del
Conservatorio dio lugar a la interesante noticia de que más tarde, estudiantes
de música tocarían en una de las habitaciones que aún no habían visitado, tal
vez en la misma donde servían el vino y las galletas. Todo organizado por
cortesía de un intérprete de trombón que, habiendo viajado a Francia de
intercambio, quería trasladar sus experiencias en el barrio de Panier en
Marsella, e intentar inculcarnos el consumo de vino caliente y música estudiantil
en directo. Amós dudó de que lograra promulgar un concierto que no fuera de
flamenco o una bebida que no estuviera fría, por muy octubre que fuera. ¿O era
ya noviembre?
Una vez todos los presentes tomaron el último sorbo de la
tercera botella, quedaba claro que las chicas habían bebido por encima de su
capacidad y que por tanto, las dos últimas serían para él y Manuel. Concha
miraba con los párpados caídos a su compañero y se desestabilizaba con su
propia risa, Irene perdió su aspecto inocente cuando se acercó a Amós, le tocó
el hombro y usando el ruido como excusa, le habló al oído rociando su cuello de
aire caliente, que en el salón cada vez más abarrotado, era una sofocante
intrusión en su espacio vital.
- Normalmente esto me lo dicen a mí –le dijo intentando
sonar sobria- pero tienes unos ojos preciosos-. Ése era uno de los comentarios
estándar que tenía archivados como frecuentes. Se apartó de ella huyendo de su
calor corporal y aprovechó para saciar su curiosidad y mirarle a los ojos, en
los que no se había fijado a lo largo de la conversación previa. Parecían
castaños, pero tal vez a la luz del día tuvieran algún matiz verde que
justificara que los alabaran normalmente, como acababa de decir. Por lo demás
eran un par de ojos normales, turbios por la embriaguez e incapaces de fijar la
mirada durante más de unos segundos. No sabía si a Manuel le iba mejor con su
descubrimiento de Concha, pero ésta de repente alejó oportunamente a Irene de
Amós tirando de su brazo.
- ¡Quiero bailar!-. Gritó Concha, y mostró la intención de
llevarse consigo a Irene. Al ver que no las seguían, sino que se agachaban para
abrir las últimas cervezas, se esforzó en demostrar que le molestaría que no
las acompañasen. El baile era algo que Amós no permitiría que se le cobrase, y
las cervezas no eran lo bastante buenas o lo suficientemente heladas para
hacerle cambiar de opinión. Algún antropólogo en la sala debería haber salido
en su ayuda para anunciar que por mucho que las mujeres se empeñaran, los
hombres detestaban bailar. Un error de la evolución, tal vez, ante el que se
sentía frustrado, que el ritual de cortejo fuera un infierno para uno de los
dos participantes. Y si algún hombre decía que lo disfrutaba, apostaba que era
más por la cercanía física que por la danza. La última botella estaba abierta y
era tarde para negarle el alcohol que ya había ingerido, si querían
considerarle una persona horrible por no pagar la generosidad con bailes ridículos,
eran libres de hacerlo. Él, tan feliz. Sin embargo, Manuel podía seguir
interesado en Concha y notaba en la vibración de su cuerpo al lado suyo que
quería ir con ellas. Bien odiaba bailar Manuel tanto como él, pero en su caso
el esfuerzo aún tenía una valoración rentable, así que suspiró, miró a su amigo
no para reprocharle sino para comentar lo absurdo de la situación, y se
pusieron en marcha. Al menos, le interesaba lo del concierto prometido y más
subconscientemente, también las demás habitaciones de la vieja y misteriosa
casa. El traslado del salón hacia el lugar al que querían llegar las chicas fue
de hecho una aventura surrealista que le hizo cuestionar si soportaba la
cerveza tan bien como creía.
El pasillo al final de la sala no tenía iluminación, pero
estaba decorado para la ocasión con telas negras colgadas de las paredes e
hilos blancos enredados simulando telarañas gigantes, seguramente donados por
el sector femenino de la población universitaria. También había algo que en la
oscuridad le costó identificar con lo que finalmente era un robot de cartón que
le recordaba a la portada de su edición de ‘Yo, robot’, de Isaac Asimov. Se les
cruzó un perro labrador que no recordaban haber visto entrar en la casa, pero
que tras chocarse con sus piernas, siguió su camino. Una bota que colgaba del
techo le golpeó en la cabeza conforme avanzaba al final del pasillo. Una vez
recorrido, las chicas risueñas dudaban de los recuerdos emborronados por la
cerveza de si tenían que tomar la puerta de la derecha o la izquierda. La
primera opción fue la diestra y fue errónea, pero el descubrimiento mereció la
pena.
Al abrir la puerta, la bofetada de un olor que podía
distinguir bien como hachís, los recibía y aturdía. La luz estaba apagada a
excepción de la proyección sobre la lisa pared de una antiquísima película muda
en blanco y negro de Mickey Mouse, el famoso ratón de Walt Disney. El pequeño
monigote se movía a trompicones y avanzaba por una ciudad monocromática y
bidimensional. La habitación también estaba totalmente desamueblada a excepción
del antiguo proyector, pero al forzar la vista podían vislumbrarse en el suelo
a jóvenes alumbrados por el fuego del cigarrillo, en silencio y en una especie
de trance, como si en las aventuras del ratón se les estuviera contando el
secreto final del universo. Tratando de acallar las risas para no turbar la
hipnosis de los espectadores, cerraron la puerta y tomaron, por fin, el camino
de la izquierda.
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