sábado, 17 de octubre de 2015

Prólogo

La suave llovizna sólo se veía al mirar los rincones más oscuros entre los árboles. Apenas soplaba el viento, lo suficiente para mecer las ramas más cercanas a las copas. Más que gris el cielo brillaba blanco, la naturaleza estaba limpia y resplandecía con las gotas que forraban cada hoja con una frágil película de agua.
El tocadiscos de su hermano hacía girar a Glenn Miller con ese filtro tenuemente ronco de la aguja leyendo el vinilo. Se le humedecieron los ojos más por el frío que por el cúmulo de milagros otoñales, pero la imagen del paisaje tras el cristal de la ventana, difuminada en la retina por las lágrimas, volcó en su corazón una nostalgia que sólo se encuentra en el mes de Octubre.
En momentos así le cruzaban pensamientos fugaces sobre otoños eternos, palancas imaginarias que accionan un mecanismo celestial para encender la lluvia cuando su corazón necesita que el cielo lo acompañe en el llanto. Ideas absurdas sobre la belleza de unas hojas secas arremolinándose con el recuerdo de amores perdidos.
Trenes de vapor que hacían escala en su mente haciendo ruido y vibrando en las vías, y retomaban su camino cuando su padre la llamaba para algún asunto menos trascendental que la lluvia tras la ventana, no sin antes haber dejado la estación llena de humo y amantes abandonadas que se despiden desde la dársena ondeando pañuelos blancos.
El humo de sus trenes, pensó mientras acudía a la llamada de su padre, era quizá una excusa válida para la lágrima que llegó hasta la comisura izquierda de su boca, pero su padre no la entendería. Así que en el camino hasta el salón se la secó con la lana de la manga, que terminaba un palmo más allá del final de su mano. Lana gris, por cierto, porque ningún otro color sería tan adecuado para mirar por la ventana un día lluvioso.
Con las mejillas secas y la punta de la manga derecha secretamente húmeda, llegó al salón, recibió instrucciones con una sonrisa y se dispuso a cumplir su misión. Era simple, subir a la azotea a recoger la ropa que allí se balanceaba antes de que la lluvia que flotaba ingrávida en el aire calara en ella.
Se alegró de que se le encomendara una tarea tan solitaria, tal vez mientras descolgaba sábanas pudiera volver al andén a esperar la estruendosa partida de un nuevo tren. No vibraba el aire con la música de Glenn Miller ahí arriba, pero el rumor de las hojas de los árboles susurrándose secretos era también un ambiente apropiado para historias de vagón. Tal vez el otoño fuera también una estación del alma, a la que se le caen las hojas cansadas de verano. O una estación del estómago, porque vendería toda la cesta de ropa a cambio de unas pocas castañas.
No esta prenda que recogía ahora, en realidad. Su mejor blusa, que un día fue la mejor blusa de su madre, valía más que todas las castañas del mundo, más que las sandías en verano, más que la sopa de primer plato que se servía en cada cena de navidad desde que tenía memoria, más que las cerezas de primavera. Alegremente habría renunciado a todo eso para siempre a cambio de haberla podido llevar una vez más.
Sin embargo, mientras el viento se levantaba y la seda de la camisa se le escapaba entre los dedos entorpecidos por unas mangas demasiado largas, no se le ofreció tal contrato. No fue consciente de si se le escapó algún grito mientras la veía volando hacia la calle, y casi que le daba igual. Fue corriendo a mirar en qué dirección la dejaría el viento y desde la azotea vio impotente cómo aterrizaba en la sucia trayectoria de una sucia moto que se acercaba a ella inexorable.
El mundo entero parecía más sucio alrededor de la blanca seda sobre el asfalto. Ella misma parecía más sucia, por no haber sido lo bastante capaz de mantenerla a salvo de los caprichos del viento. <<Maldito otoño>> pensó, o tal vez dijo. No importaba. ‘Moonlight Serenade’ no valía para Glenn Miller lo que para ella las flores bordadas en la blusa. En esas costuras se escondía su profundo deseo de ser digna de lo que años atrás llevara su madre. Siempre era mejor persona cuando la vestía, siempre tenía la sensación de deber hacerle justicia.
Tal vez, con esto, ya no mereciera ponérsela jamás. Aún así, cuando el conductor de la moto paró en seco antes de pisarla, ella recuperó la esperanza. Ya decidiría más tarde si había una penitencia posible que la expiara de su error para poder volver a llevarla, lo más importante en ese instante era salvarla. El chico se bajó de la moto, se inclinó a coger la blusa con sus manos -sucias-, y miró hacia arriba buscando al dueño que había dejado caer una prenda tan fina.
-¡Aquí!-. Gritó ella. Él sólo sonrió. Tal vez era guapo, tal vez era joven. Podría haber sido el arcángel Gabriel, pero ella sólo veía las sucias manos que sostenían la parte más limpia de su alma. -¡Por favor, por favor!-.
-¡Hola! ¿Cómo te llamas?-. Sucia, sucia voz y sucias manos que no soltaban la camisa.
-¡Por favor!-. Parecía que hubiera olvidado el resto de las palabras. Tantos años en la escuela que se esfuman tan rápido como la seda en una ráfaga de aire.
- Si no me dices cómo te llamas, no te la devolveré-. Dijo el conductor anónimo, sin cara ni identidad más que la mano sucia y el bolsillo sucio en el que empezaba a arrugar la blusa.
-Por favor-. Dijo una vez más, inintencionada y suavemente, como si fuera un susurro sólo para ella, mientras corría hacia las escaleras para rescatar la camisa en apuros. Como en un sueño, parecía no poder correr lo bastante deprisa, parecía que la atmósfera estuviera compuesta de miel y tuviera que luchar contra ella mientras bajaba por los escalones mojados. Sin embargo, cuando resbaló y se precipitó escaleras abajo, no se despertó.
Con un crujido seco se le arrebató la camisa, las castañas, las sopas, las sandías y las cerezas. No habría vinilos nunca más, la lluvia caló en la ropa tendida y en sus huesos, en el chaleco de lana gris de su hermano que llevaba puesto. La lluvia de aquel día empaparía el alma de muchas personas para siempre. De su hermano, de su padre, de sus amigos. Del conductor anónimo que por fin se vio a sí mismo como ella lo había visto, la criatura más sucia e indigna de tocar la sagrada prenda que ahora y para siempre poseería. La seda pesaría como el plomo sobre todos los otoños de su vida.
Ella subió a uno de sus trenes y nunca volvió.

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