sábado, 17 de octubre de 2015

Capítulo uno

El espacio entre las cuatro paredes al que llamaba su habitación no era realmente suyo. Es curiosa la cantidad de habitaciones alquiladas que guardan concentradas tantas emociones y experiencias de personas que se acabarán marchando. Cuántas historias habrían guardado esas paredes antes de presenciar las suyas, cuántas estarían aún por venir cuando él dejara las llaves en manos de otro estudiante ávido de experiencias de las que él ya estaría hastiado. Las habitaciones de los universitarios son testigos de años cruciales de la vida de muchos soñadores.
Una noche de insomnio antes de un examen se preguntó cuántos virgos se habrían roto en ese colchón. Arrepentido por la dirección que tomaban sus pensamientos y repugnado por la alta cantidad que parecía plausible, parpadeó con fuerza varias veces para despejarse y desprenderse de las parejas hipotéticas que se habían subido con él a la cama. Apretó con los dedos los contornos de las cuencas de sus ojos, y disfrutó momentáneamente de la falsa sensación de relajación que le producía. Era inútil intentar dormir.
Cuántos ojos habrían memorizado el techo, la lámpara que colgaba de él, las oscuras manchas imborrables de mosquitos asesinados aquí y allá. Aun así, en un lugar tan impersonal y tan poco suyo había logrado crear una ilusión de hogar que convertían esas cuatro paredes en su santuario. Sus libros en la estantería ocupaban varias baldas según su tema, y en cada una estaban ordenados de mayor a menor tamaño creando escalones de páginas. Siempre que terminaba de leer un libro o consultar un manual, volvía a colocarlo en el hueco que le correspondía y la escalera volvía a ser segura.
Reflexionaba a menudo sobre el sentimiento de seguridad que le ofrecía la habitación. En noches como esa poco más podía hacer, ya que repasar temario sólo le recordaría que hay cosas que debería saber y no sabe, infundiéndole nervios inútiles. Ya era tarde para cubrir esos pozos, nada podía hacer ya. Como se repetía a sí mismo en esas noches de silenciosa espera, la suerte estaba echada. De modo que se limitaba a pasear por los estantes de su mente que no incluían temario de examen. Tal vez esa fuera la razón.
La familiaridad con la que le acogía su humilde habitación de estudiante podía deberse a la similitud de su organización con la de su propia mente. Cuando se evadía y cedía a la introspección imaginaba un cómodo y mullido asiento en el que leer los libros que su cerebro escribía, clasificaba y ordenaba constantemente. En ese cálido respaldo podía dejarse caer y hojear páginas antiguas, descubrir historias nuevas, relacionar publicaciones que a simple vista podían parecer desparejadas. Así, cada vez que abría la puerta de su cuarto, necesitaba al menos una fracción de segundo para reconocer el lugar como real o como una proyección de su palacio mental.
La balda inferior sostenía los libros más pesados. Manuales de física y matemáticas que consultaba más a menudo de lo que le gustaría. Conforme subía de piso en la estantería, los libros se volvían más ligeros y amenos. En el penúltimo estante, sólo para disfrutar de un chiste privado acerca de su amor secreto por la filosofía, acababan los libros acerca de física. Y encima de ellos, sobre la última balda, sus libros de ocio a los que llamaba con cariño, guiñando a Andrónico de Rodas, su metafísica.
Poco más había que decir sobre su habitación austera pero rica en conocimientos. Estaba su adorado sillón de piel verde oscura cuarteada, el armario que custodiaba vaqueros, sencillas camisas de cuadros, chalecos de lana y su chaqueta de cuero favorita. Al lado de la cama cubierta por una colcha también de cuadros, una mesilla de noche en la que, como en su mente, había un cajón que nunca abría.
Allí, acostado sobre un colchón que no le pertenecía pero en el que se sentía a salvo, rodeado de un mobiliario que conocía como la palma de su mano y al cual pensaba que nunca podría olvidar, esperó. Con la nana del suave repiqueteo de la lluvia en la ventana, comenzó a calcular la distancia entre trueno y relámpago, a cronometrar el ritmo con el que el agua acumulada en el alfeizar de la ventana de arriba caía en el suyo. Así calmó sus nervios y no pensó en nada más hasta que la luz filtrada por las cortinas perfiló los pliegues de la colcha. La habitación y todo lo que ella contenía se fue definiendo progresivamente conforme amanecía. Las paredes blancas se tiñeron del matiz gris de las mañanas lluviosas.
Lograr esa abstracción le había costado varios años de perfeccionamiento, posiblemente un centenar de noches en vela. Los segundos entre la luz y el estruendo se habían convertido en su ‘om’ particular, y entre las regulares distancias temporales entre ellos había aprendido a huir de la vulgar inestabilidad del mundo y su eterna metamorfosis. Muchos libros de su estantería mental eran cuadernos de bitácora de noches de lluvia, los cuales revisaba a veces para consultar los patrones típicos de toda conducta atmosférica. Su ascesis se basaba en el abandono de todo lo mundanal que pudiera ser impredecible, incluyendo él mismo.
Tres horas antes del comienzo del examen de ‘Física del estado sólido’, se levantó de la cama sin resquicios de pereza, abrió la ventana al viento gélido de par en par y recibió con placer la bofetada del cambio de temperatura. Hasta las cortinas bailaban para entrar en calor, pero él permaneció quieto dejando al frío limpiar sus pulmones de la pesadez de las mantas y el aire viciado de una noche larga. Como cada mañana, dejó a la ventana encargada de refrescar la habitación, se dirigió al baño y con agua helada y jabón se frotó con fuerza el rostro para intentar borrar todo lo que no estaba ahí cuando se acostó. Con las legañas lo conseguía, no así con las sombras nuevas que este tipo de noches tatuaban en su rostro. La lluvia siempre le dejaba el alma encharcada cuando se marchaba.
Con las manos golpeadas por el agua fría como la vara de un maestro de escuela, hacía la cama con las sábanas prietas y los cuadros de la colcha correctamente paralelos al cabecero de madera. Con la ventana aún abierta se desnudaba del pijama y de las pesadas cargas de la noche, le confiaba su fluyente intimidad a la fuerza solidificadora del frío para criogenizar los monstruos que podrían haberse movido por la noche. Mientras se agachaba para ponerse los vaqueros dejaba al aire flagelar su espalda, su pecho y los dedos entumecidos. Aunque bien sabía que era el calor el que con sus burbujas liberaba de gérmenes el agua, él encontraba en el frío un consuelo purificador distinto. No quería evaporar sus fantasmas, quería seguir arrastrando sus cadenas y someterse a ellos cada noche de lluvia. Lo único que buscaba del frío era una anestesia, anhelaba demasiado a menudo dejar de sentir.
El desayuno fue breve y en silencio, tostó el pan y derramó con la mente ausente aceite de oliva sobre la tostada. Hirvió agua para servirse un té, probablemente lo único caliente que ingeriría en todo el día. El examen duraría hasta la hora del almuerzo, el seminario de astronomía hasta la hora en la que uno de sus compañeros de piso le esperaría en la puerta de casa, y de ahí hasta quién sabe qué hora, irían a una fiesta absurda para celebrar costumbres ajenas. Una fiesta de Halloween en Sevilla tenía tanto sentido para él como bailar el palio de una virgen con campanilleros en la quinta avenida. Sin disfraces, sin caramelos, sin sustos, la fiesta era más bien una excusa para beber una cantidad indecente de alcohol y despistar a los problemas unas cuantas horas, y con eso sí que estaba conforme.
No es que fuera una persona de fiestas, todo lo contrario. Era joven, fuerte y poseedor de una tolerancia al alcohol muy respetable, pero su forma de serlo era sentarse en su sillón verde mientras fumaba ensoñadoramente mirando por la ventana. El motivo de su asistencia era que su compañero de piso había insistido tan compulsivamente que parecían más llevaderas unas horas rodeado de borrachos y música que una más de sus súplicas. A menudo se preguntaba por el deseo generalizado de que estuviera en todos los eventos sociales. Era un chaval educado, capaz de adaptarse y encajar en cualquier tribu urbana, simpático y comprensivo, pero nunca había hecho esfuerzos por ser admirado. Y aun así en cada lista de invitados para cualquier cita o reunión, estaba siempre su nombre. Al final de estas reflexiones siempre se encogía de hombros y adjudicaba los motivos a la locura de la gente.
Con lo que quedaba de pan se preparó un bocadillo de fiambre para sobrevivir, fregó los pocos cacharros que había necesitado para su desayuno y se lavó los dientes. Llovía, por lo que para proteger la chaqueta de cuero, quedaba descartada. Tampoco es que un examen mereciera tales galas. En estas situaciones el plan alternativo siempre era el abrigo de tela vaquera y forro de borrego, el cual había demostrado ser muy funcional y cómodo. Con un simple palpar para asegurarse de que llevaba todo lo que necesitaba, salió caminando del piso en dirección a la facultad. Paraguas negro en la mano derecha, llaves, cartera, bocadillo, cuadernos y lápices, todos listos y guardados en el maletín que se había colgado del hombro izquierdo.
Llegó al aula en menos tiempo del que esperaba por un camino que había recorrido tantas veces que ya no le prestaba atención. Desde el momento en el que cerró la puerta tras de sí hasta en el que se encontró de cara con la facultad de física, no era capaz de recordar nada. Como un autómata había llegado de un punto a otro sin percibir más que cada uno de sus pies adelantando al otro bajo la guarida del paraguas. Pero eso estaba bien, se decía a sí mismo, porque eran los frutos del duro trabajo nocturno de concentrarse en no pensar en nada. El entrenamiento parecía por fin estar teniendo éxito, pero un ligero vistazo al aula le atrajo de nuevo a la realidad con una potente fuerza magnética. Se sentó y de su estantería mental extrajo sus apuntes de física del estado sólido. Lo abrió sobre la mesa e intentó que la cantidad de páginas en blanco no hicieran cundir el pánico en su interior.
Una vez terminó el examen no sabía en absoluto si lo había hecho bien o mal. Lo que pasó en esas cuatro horas fue borrado de su mente como el camino del piso a la facultad, y lo único que podía evocar de ellas fue su intento de calcular con qué nota evaluaría su profesor su examen, en función a qué preguntas había contestado, cómo lo había hecho, y la satisfacibilidad de las soluciones que había podido encontrar a los problemas propuestos. Una tarea inútil, se acabó diciendo a sí mismo, porque tal y como se había repetido la noche anterior: Alea Iacta Est.
Afortunadamente había escampado para cuando hubo acabado al examen, de modo que huyó de las clásicas entrevistas entre los alumnos acerca de las respuestas que habían dado y cuáles eran acertadas. Con su bocadillo en mente aceleró el paso para evitar ser visto y que se le atacara sin merced con una consulta acerca del resultado del tercer problema. A salvo por fin de las agonías de sus compañeros fuera del edificio, escogió un banco que estaba parcialmente seco gracias a un árbol que lo cubría. Mientras descansaba la mente de la presión a la que la había sometido durante tantas horas, y volvía a almacenar sus apuntes mentales de física en la estantería hasta nuevo aviso, pensó en sus compañeros. Un atisbo de repulsión se convirtió rápidamente en compasión pues, pobres víctimas de la universidad, no se habían dado cuenta aún de que poco importa si aprobaban un examen o no.
La hierba y los árboles relucían engalanados con diminutas joyas de agua y con cada bocanada de aire respiraba el dulce aroma de la tierra mojada después de muchas horas de lluvia. Qué podía aportar él, o cualquiera de sus compañeros a ese instante tan poco artificioso y tan natural y lleno de vida. Cuál de ellos era digno de poder contemplar algo así y por qué, ¿Por un examen aprobado, por una carrera en física, por un expediente impoluto? Poco dice el historial académico del alma de una persona, poco tenía que ver con el valor que tenía ese momento de soledad. Suspendiera o no, la tierra seguiría emanando olor a lluvia cada octubre, el fuego seguiría quemando. Y extrañamente, esa sensación de insignificancia ante la grandiosidad del mundo le resultaba un consuelo. Liberaba al cuello de Atlas de un poco de presión.
Sus compañeros no habían logrado llegar a esa epifanía, a cada examen otorgaban el peso entero del mundo y se vanagloriaban por haber podido cargar con ellos. En cambio, el mundo seguía su curso ajeno a ellos. Madres paseaban por el parque carritos con la capota subida por si volvía a llover, albañiles descansaban como él y disfrutaban del almuerzo que con cariño sus esposas habían guardado en sencillas cajas de latón. ¿Qué determinaba el valor de cada uno de ellos, es que acaso era superior el hombre que había aprobado diez exámenes al que había aprobado nueve? El hombre al que jamás se le había calificado con una nota podía valer más que los sobresalientes. Él sabía que si reverenciaba a alguien jamás sería por sus respuestas a preguntas sobre mecánica cuántica, aunque tampoco sabía qué factores sí harían que lo hiciese. Inspiró de nuevo y sintió el frío acampando desde su garganta hasta el fondo de sus pulmones.
Se había terminado el bocadillo hacía tiempo pero siguió quieto, sentado en el banco, decidido a disfrutar de los últimos minutos antes de enclaustrarse para intentar solucionar cuestiones del universo. Qué trascendencia podían tener sus avances personales para el universo sino ninguna, y aun así allí estaba, con los cuadernos físicos y mentales preparados. Supiera por qué o no, el cielo seguiría llenándose de estrellas por la noche, el sol seguiría saliendo. Sin embargo disfrutaba adquiriendo conocimientos acerca de todo, no para cuestionar al mundo sino para apreciar más aún su infinita y perfecta complejidad contra sus propia deformidad y brevedad. Ante el universo y todas sus intrincaciones sí que agachaba la cabeza y ofrecía su más sincera reverencia. Estudiarlo era para él su manera de hacerlo, porque sentía que sólo intentando conocerlo en todas sus dimensiones podía admirarlo como se merecía.
Él ya había superado en centenares la cantidad de exámenes a las que su padre se había enfrentado, y aun así la palabra paterna tenía siempre en su estantería mental baldas reservadas, aunque contradijeran aforismos del mismísimo Albert Einstein. A veces dudaba de que su padre supiera que la tierra era redonda pero jamás le dio importancia. Su padre también era una persona capaz de apreciar la belleza de la naturaleza más allá de los mundanales problemas que pueda tener uno mismo. Eso explicaba la cantidad de atardeceres que él y su padre habían contemplado en silencio, sentados uno al lado del otro, sin emitir una palabra, simplemente mirando. En uno de esos ocasos fue cuando descubrió que el eterno ciclo del mundo era más importante que él y que todo lo perecedero.
No, en realidad no. No había elipse Kleperiana que le consolara si su padre muriera. No había ley física que él no estuviera dispuesto a romper para enmendar alguna de sus humanidades perniciosas, que poca trascendencia podían tener realmente para la eternidad del mundo. Pero así era su condición de existencia y nada podía hacer para evitarlo. Su padre moriría algún día, él sufriría, envejecería más que personas más valiosas que él y en pocas generaciones sería olvidado. Se había resignado a su propia imperfección hacía mucho tiempo, al devenir y a la fugacidad de todo con lo que se relacionaba. Pero afortunadamente, siempre podía confiar en que el sol se acostaría cada día y en silencio contaba los atardeceres hasta que se quedara dormido para siempre. 


Ciertamente a veces se permitía a sí mismo disfrutar de algunas insignificancias entre sol y sol. Las horas en el seminario de astronomía volaron ligeras como las plumas de relleno de una almohada, pero sus libros imaginarios acerca del tema se volvieron más pesados. La escalera de libros de astronomía cada vez tenía peldaños más anchos. Cuando salió del recinto universitario el sol mismo se había marchado ya, con la promesa siempre cumplida de volver al día siguiente con su materna caricia consoladora. Las nubes oscurecían los resquicios de luz solar que aún permanecían por encima de ellas tiñendo el cielo de morado. Hasta que mientras caminaba hacia el piso se encendió el alumbrado público, las calles estaban inquietamente sombrías. Sin quererlo, ese ambiente le acomodó el alma para una fiesta de Halloween. Tal vez no fuera tan malo, después de todo.

Al contrario que en el camino de ida ese mismo día, se regocijó en el misterio que escondían las sombras que no dejaban ver el final de las calles transversales. Tomando la última curva hacia casa se maldijo por haber caminado tan rápido y no haber alargado más la aventura de ese oscuro par de kilómetros. En unos escasos veinte minutos vislumbró bajo la farola frente al portal del piso la figura de Manuel, difuminada por la atmósfera que creaban a su alrededor la niebla y el humo del cigarro que fumaba. Tampoco necesitaba más claridad, después de tantos años, para reconocerlo con seguridad. Cuando se acercó lo suficiente para distinguir la cara de su compañero, pudo ver que apoyado sobre su oreja tenía preparado otro cigarro. Sin más saludo que un gesto con la cabeza, con la mano con la que no fumaba cogió el de su oreja y se lo ofreció. - ¿Uno antes de irnos?-. Dijo Manuel. -Siempre-. Respondió mientras lo aceptaba.

Sin decir más, lo prendieron con el encendedor que Manuel siempre llevaba en el bolsillo. Solía preguntarse cómo alguien que siempre había sido tan despistado se las arreglaba para no olvidar nunca algo tan pequeño. Una vez incluso sospechó que en el bolsillo de cada pantalón tenía un encendedor, y que por eso nunca le faltaba uno. Esa teoría le parecía divertida así que, mientras no obtuviera pruebas de lo contrario, había decidido aplicarla como real. En silencio compartieron la intimidad de la densa atmósfera, tranquilos y en paz como si el humo del cigarro pudiera ocultarlos de la muerte. Entre calada y calada disfrazaban suspiros de exhalaciones y en una especie de conexión invisible forjada a lo largo de años, se contaron sin hablar las penas del día. Se conocían bien y nunca preguntaban, simplemente enlazaban brazos para repartir el peso de sus equipajes.

Manuel llevaba en su vida la cantidad de años suficiente para no poder contarlos. En cada recuerdo que envolviera juegos de niños estaba él. También en los primeros vasos de cerveza, en las primeras caladas a cigarros, en cada frustración inútil de adolescente. Ambos habían estado presentes en las madrugadas del otro, en los vómitos producidos por la ingesta descontrolada de alcohol, en la euforia y la consiguiente melancolía de los porros que habían probado gracias a la absurda amistad con un ex presidiario que deambulaba de noche por las calles de Palos de la Frontera. No porque Jesucristo lo promocionara, eran indiscriminadamente amigos de prostitutas, ladrones, y niños de papá. Habían compartido inquietudes, anhelos y sueños desde hacía tanto tiempo que ya no podían imaginar un futuro vacío del otro. Fue un paso natural que fueran a vivir como compañeros de piso cuando se decidieron por la Universidad de Sevilla. Manuel, estudiando psicología. Él, física.  
Así que no, no era necesario hablar mientras fumaban. Agradecía de corazón que no le preguntara por su examen aunque le importara lo que pudiera contarle. En ese sentido había algo en su relación con Manuel que le recordaba a su padre, a la familiaridad y la confianza que otorga compartir la misma sangre. De alguna manera, al poder compartir un cómodo silencio con él, Manuel se convertía en un pariente cercano. En contra de la imagen popular de dos amigos siempre con inagotables temas de conversación, la profundidad de su amistad consistía precisamente en lo prescindible de las palabras para entenderse. Podía pasar mucho tiempo antes de que uno de ellos hablara y ese silencio nunca era violento. Se limitaban a estar juntos mientras dejaban que sus nervios se asentasen como la nieve de una bola de cristal agitada que cae lentamente si se la deja tranquila. En la compañía de Manuel encontraba la paz de no tener que rendir cuentas. Simplemente, estaba presente. Y con eso les bastaba.


Ambos cigarros consumidos fueron arrojados al suelo y apagados por la humedad en él sin la necesidad del pisotón de rigor. Manuel le explicó la ubicación de la fiesta mientras se dirigían a la Derbi de tercera mano que sus padres le habían dejado llevarse a Sevilla. La dirección de la casa estaba en la periferia, en una zona desconocida para él, por lo que dependían de las vagas indicaciones que había dado a Manuel el organizador de la fiesta. Si por si acaso se perdían, le habían dicho que si seguían al ruido, pronto llegarían. El frío de la noche le dolía en los dedos que sostenían el manillar y cuando hubieron llegado apenas podía gesticular por el efecto anestésico del viento. No fue especialmente difícil situarse y llegar al destino, pero una vez allí les costó creer estar en el lugar correcto. En mitad de una calle con escaparates tapiados y balcones en peligro de desprendimiento se encontraba la casa en cuestión, un viejo apartamento abandonado en el que no habrían entrado si no fuera por la pista de la música que sonaba a través del cristal roto de una ventana. Halloween, desde luego.


La música, sin embargo, no era nada tenebrosa. Los éxitos de la década hacían eco en la calle vacía creando un contraste cómico que, quizá después de unas cervezas, llegara a parecerle tétrico. Mientras entraban se preguntó por la fiabilidad de la instalación eléctrica de la casa. Una vez dentro, sus dudas se concentraron en la estabilidad estructural de las paredes y los techos y empezó a temer por las vidas allí enlatadas. El organizador desde luego no era alumno de arquitectura, y dudaba que algunos de los allí presentes lo fuera. Bastante preocupado por el espacio elegido y consciente de que no encontraría solución alguna, pasó a hacerse una pregunta cuya respuesta al menos solventaría su inquietud: ¿Dónde estaban las cervezas?

Prólogo

La suave llovizna sólo se veía al mirar los rincones más oscuros entre los árboles. Apenas soplaba el viento, lo suficiente para mecer las ramas más cercanas a las copas. Más que gris el cielo brillaba blanco, la naturaleza estaba limpia y resplandecía con las gotas que forraban cada hoja con una frágil película de agua.
El tocadiscos de su hermano hacía girar a Glenn Miller con ese filtro tenuemente ronco de la aguja leyendo el vinilo. Se le humedecieron los ojos más por el frío que por el cúmulo de milagros otoñales, pero la imagen del paisaje tras el cristal de la ventana, difuminada en la retina por las lágrimas, volcó en su corazón una nostalgia que sólo se encuentra en el mes de Octubre.
En momentos así le cruzaban pensamientos fugaces sobre otoños eternos, palancas imaginarias que accionan un mecanismo celestial para encender la lluvia cuando su corazón necesita que el cielo lo acompañe en el llanto. Ideas absurdas sobre la belleza de unas hojas secas arremolinándose con el recuerdo de amores perdidos.
Trenes de vapor que hacían escala en su mente haciendo ruido y vibrando en las vías, y retomaban su camino cuando su padre la llamaba para algún asunto menos trascendental que la lluvia tras la ventana, no sin antes haber dejado la estación llena de humo y amantes abandonadas que se despiden desde la dársena ondeando pañuelos blancos.
El humo de sus trenes, pensó mientras acudía a la llamada de su padre, era quizá una excusa válida para la lágrima que llegó hasta la comisura izquierda de su boca, pero su padre no la entendería. Así que en el camino hasta el salón se la secó con la lana de la manga, que terminaba un palmo más allá del final de su mano. Lana gris, por cierto, porque ningún otro color sería tan adecuado para mirar por la ventana un día lluvioso.
Con las mejillas secas y la punta de la manga derecha secretamente húmeda, llegó al salón, recibió instrucciones con una sonrisa y se dispuso a cumplir su misión. Era simple, subir a la azotea a recoger la ropa que allí se balanceaba antes de que la lluvia que flotaba ingrávida en el aire calara en ella.
Se alegró de que se le encomendara una tarea tan solitaria, tal vez mientras descolgaba sábanas pudiera volver al andén a esperar la estruendosa partida de un nuevo tren. No vibraba el aire con la música de Glenn Miller ahí arriba, pero el rumor de las hojas de los árboles susurrándose secretos era también un ambiente apropiado para historias de vagón. Tal vez el otoño fuera también una estación del alma, a la que se le caen las hojas cansadas de verano. O una estación del estómago, porque vendería toda la cesta de ropa a cambio de unas pocas castañas.
No esta prenda que recogía ahora, en realidad. Su mejor blusa, que un día fue la mejor blusa de su madre, valía más que todas las castañas del mundo, más que las sandías en verano, más que la sopa de primer plato que se servía en cada cena de navidad desde que tenía memoria, más que las cerezas de primavera. Alegremente habría renunciado a todo eso para siempre a cambio de haberla podido llevar una vez más.
Sin embargo, mientras el viento se levantaba y la seda de la camisa se le escapaba entre los dedos entorpecidos por unas mangas demasiado largas, no se le ofreció tal contrato. No fue consciente de si se le escapó algún grito mientras la veía volando hacia la calle, y casi que le daba igual. Fue corriendo a mirar en qué dirección la dejaría el viento y desde la azotea vio impotente cómo aterrizaba en la sucia trayectoria de una sucia moto que se acercaba a ella inexorable.
El mundo entero parecía más sucio alrededor de la blanca seda sobre el asfalto. Ella misma parecía más sucia, por no haber sido lo bastante capaz de mantenerla a salvo de los caprichos del viento. <<Maldito otoño>> pensó, o tal vez dijo. No importaba. ‘Moonlight Serenade’ no valía para Glenn Miller lo que para ella las flores bordadas en la blusa. En esas costuras se escondía su profundo deseo de ser digna de lo que años atrás llevara su madre. Siempre era mejor persona cuando la vestía, siempre tenía la sensación de deber hacerle justicia.
Tal vez, con esto, ya no mereciera ponérsela jamás. Aún así, cuando el conductor de la moto paró en seco antes de pisarla, ella recuperó la esperanza. Ya decidiría más tarde si había una penitencia posible que la expiara de su error para poder volver a llevarla, lo más importante en ese instante era salvarla. El chico se bajó de la moto, se inclinó a coger la blusa con sus manos -sucias-, y miró hacia arriba buscando al dueño que había dejado caer una prenda tan fina.
-¡Aquí!-. Gritó ella. Él sólo sonrió. Tal vez era guapo, tal vez era joven. Podría haber sido el arcángel Gabriel, pero ella sólo veía las sucias manos que sostenían la parte más limpia de su alma. -¡Por favor, por favor!-.
-¡Hola! ¿Cómo te llamas?-. Sucia, sucia voz y sucias manos que no soltaban la camisa.
-¡Por favor!-. Parecía que hubiera olvidado el resto de las palabras. Tantos años en la escuela que se esfuman tan rápido como la seda en una ráfaga de aire.
- Si no me dices cómo te llamas, no te la devolveré-. Dijo el conductor anónimo, sin cara ni identidad más que la mano sucia y el bolsillo sucio en el que empezaba a arrugar la blusa.
-Por favor-. Dijo una vez más, inintencionada y suavemente, como si fuera un susurro sólo para ella, mientras corría hacia las escaleras para rescatar la camisa en apuros. Como en un sueño, parecía no poder correr lo bastante deprisa, parecía que la atmósfera estuviera compuesta de miel y tuviera que luchar contra ella mientras bajaba por los escalones mojados. Sin embargo, cuando resbaló y se precipitó escaleras abajo, no se despertó.
Con un crujido seco se le arrebató la camisa, las castañas, las sopas, las sandías y las cerezas. No habría vinilos nunca más, la lluvia caló en la ropa tendida y en sus huesos, en el chaleco de lana gris de su hermano que llevaba puesto. La lluvia de aquel día empaparía el alma de muchas personas para siempre. De su hermano, de su padre, de sus amigos. Del conductor anónimo que por fin se vio a sí mismo como ella lo había visto, la criatura más sucia e indigna de tocar la sagrada prenda que ahora y para siempre poseería. La seda pesaría como el plomo sobre todos los otoños de su vida.
Ella subió a uno de sus trenes y nunca volvió.