Mis reflejos no son superiores a la media, de modo que el día que cazo una mariposa se lo achaco a la edad de la misma. Si he podido atraparte, siempre dejando espacio entre mis palmas, creando una pequeña cueva con mis manos, y con cuidado de no dañar en nada tu frágil estructura, no es porque yo sea ágil y rápida, sino porque estás en tu tercer día. Y algo se me rompe por dentro, muy pequeñito, haciendo el ruido de una bellota cayendo a la mullida tierra entre las raíces del arbol del que procede, cuando me doy cuenta de que estás moribunda.
Pero no tiene por qué ser triste, creo, vivir tres días.
Tres días pueden valer más que cien. Más que mil. Más que infinito. La vida sería muy aburrida si supiera que dispongo de infinitos días para hacer las cosas que quiero hacer. Seguro que al final, acabaría no haciendo nada, y me pasaría esos tres, esos cien, esos mil días mirando al vacío.
No, en tres días tú has tenido tiempo suficiente para saciar todos mis sentidos y hacerme pensar que no hay nada más grande en los oscuros rincones de la vida que pueda seguir buscando. Que sólo tres perlas hacen de un hilo, un collar.
Pero no somos mariposas, no puedo cerrar el nudo aún. Aún así, tres días te han bastado para hacerme saber que todas las cuentas que pueda ensartar en este hilo, no serán perlas si no eres tú el que me las da. Y cuando muera y sea llevada ante las Puertas de San Pedro, y midan en una balanza dorada lo bueno y lo malo de mi vida, mis tres perlas pesarán más que cien, que mil, que infinitas piedras.